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La Coctelera

Un olor extraño

Uno olor a incendio recorre la plaza.
Una mujer se jacta de belleza implacable
mientras en cada súplica se queda más sola
y en cada gesto se aleja de todos.
Un séquito de obsecuentes se afirma a su cornisa
encarnizando una historia desvirtuada
detrás de un cúmulo de palabras vacías.

El humo sobrevuela ya los barrios aledaños.
Se me seca la garganta antes de saber algo
y pienso en acercarme
a ver que sucede de aquél lado del cristal.

Ya estuve en esos sitios
y hemos vuelto
invariablemente al mismo lugar.

Alguien,
no importa quién en estos casos,
levanta la voz con el grito de comunes. 

No sé,
ni me importa,
si es precisamente el suyo.

No importa, por ahora, la similitud con lo indeseable
mientras engrane en la gesta de un pueblo oprimido,
sesgado y enfrentado contra un espejo extraño.

Pareciéramos partícipes de una familia en decadencia
donde integrar discusiones nos aleja
y las soluciones se bifurcan en interminables caminos.

Ya no me escucho en casi ningún espacio, como si
mi voz, tal vez con más peso y contenido
que los ruidos que nos rodean,
se lanzara al vacío para ser escuchada por quien opine parecido.

El olor a incendio se me impregna en las ropas.
Yo no he encendido nada. 
Siquiera he jugado con fuego.
El aire comienza a hacerse denso y mi respiración,
cada vez más dificultosa, se agita
con los vientos que cambian de dirección.

Algo está sucediendo y ninguno de nosotros es ajeno,
me hago cargo de mis decisiones e intento pensar
objetivo y simple,
y cuanto más simple
más complejo.

Preparo las vestimentas de batalla, 
de una batalla que no he iniciado y a la que hubiera,
su pudiera, preferido no ingresar, 
pero es inevitable sostener los ideales que me ensuciaron con descaro.

Soy apenas
un engranaje de una compleja maquinaria que funciona
de formas invariablemente imprevisibles. 
Tal vez hoy, algunos engranajes se hayan levantado
con la intención de funcionar correctamente,
aún con óxido encima y dientes algo desgastados.

Un olor extraño recorre la plaza.
El olfato no me falla, 
y comienzo a acercarme a un epicentro
tan propio como ajeno.

Brote y efectos del Celiudas Histericus (Cuasisapiens elemental)

El prehistórico animal
renace
tras la aparente extinción de su detestable existencia.

La hembra de la raza escupe sus falacias
con veneno histérico,
se esconde en el poder ajeno de los turbios manejos
y esgrime sabiduría inexistente
que la cataloga viva.

Se lame las heridas,
afila sus colmillos en la oscuridad del día
y se repliega
hasta dar el zarpazo,
cuando nadie está a la vista.

Muerde.
El veneno corre por las venas de sus víctimas,
pero no mata. Hiere, duele, enfurece y desquicia,
pero no mata.

Cuando la somnolencia se disipe
y las posibilidades nos den la razón,
tendremos que recordar no mantenerla en cautiverio por más tiempo.

Quitarle el veneno,
o la vida
son opciones,
pero nada de esperanza en que las cosas cambien.

Un pequeño sacrificio,
con sonrisa expuesta,
para dejar en libertad las víctimas
de ese calvario eterno, porque repito...
hiere, duele, enfurece y desquicia,
.....................................pero no mata!

Déjà vu (transiciones venideras)

Agazapado en las oscuridades de las noches
e invisible al resplandor de los días,
me descubro pensante a la espera
de mejores ocasiones para mis zarpazos certeros.

Afilo en silencio las navajas de mis plumas
y acondiciono los papeles blancos
que conformarán los planos de mis viajes ocultos.

Estudio, poco últimamente,
las delicias etéreas de los viajes fugaces.
____Esas escapadas a las tierras de utopías
____donde no era un ciudadano más,
________ni una utopía.

La tarde volverá a caer con el desaire del día
y yo tendré mi lugar,
donde desplegar mis papiros, mis planos, mis mapas
y mis bitácoras
inalterables e intactas al paso del tiempo.

Ese atardecer que llega me devolverá una vida.
Una vida agazapada en las oscuridades de las noches,
invisible al resplandor de los días y perdida
en los interminables laberintos del pensamiento.

Despejes

Salí a caminar para olvidarme de todo,
y me acordé de mí,
y de nosotros.

Ella es...

La ví distinta,
a esa altura las distintas escaseaban y
un beso la consagró cierta
recién después de algunos días
animados por charlas y cafés de última hora.

Ahora la conozco
radiante y no tanto,
alegre, sensual, humana,
como una utopía dulce
en mis sueños de toda la vida,
la reconozco cada día
inconmensurablemente hermosa.

Repentinamente en mi universo,
o en el universo que creamos al sabernos ciertos,
descubrí que el sol de su existencia
resplandece sobre mi mirada cotidiana,
ideando utopías nuevas,
generando aire en los caminos cerrados,
uniendo todos nuestros pasos, por los que,
evidenciando la veracidad de la dicha,
zambulliremos nuestra certeza en la delicia de la existencia.

Las páginas que no he escrito.

Las páginas que no he escrito
se encuentran en mi memoria.

E impregnadas mis retinas
de esas inmaculadas imágenes,
todo lo que cruce mi camino
sucede detrás.

Tu rostro sonriente,
tu cuerpo, tu voz, tus extensiones,
y esa criatura feliz que nos sucede libre
son los principios de cada día
y los finales de cada noche.

Dejo que vuelva a amanecer
y despierto en un sueño vivaz
donde somos uno nosotros
y las dos luces de tus ojos
que nos encandilan los días.

Casi

Llego casi a la cumbre,
como casi siempre,
y un pequeño detalle en la superficie de suelo
me derrota.

Comienzo a resbalar
como en cámara lenta
y mis dedos rasguñan la ladera conquistada.

No puedo pensar en nada más que no caer,
y mis brazos se extienden y mis pies resbalan,
intento abrazar la imponente montaña
y mi cuerpo se rasga,
pero soporto todo.

Esta vez no voy a caer.
Esta vez no miro hacia abajo.

Volveré a hacer pie y llegaré a tu cima.

La única forma que caiga
será del otro lado de la ladera.

Sucesiones

Nos vamos sucediendo,
complementando,
equilibrando,
sabiendo que nunca termina,
que siempre estamos construyendo.

Como subir una escalera mecánica que baja,
manteniendo un tiempo coherente
para continuar el ascenso,
apurando el paso
para que el comienzo no nos muerda los talones.