Se posa,
se cuelga,
ejerce con furia la fuerza de gravedad
sobre la nuca
y marea.
Marea y molesta,
nubla la visión
y modifica el sistema
nervioso,
genera asperezas,
pereza,
ensueño.
Corren los días,
y corre, camina, anda
y se enreda en lo cotidiano,
en las decisiones urgentes,
en el hediondo materialismo furtivo del día a día.
Ya casi ni se escucha,
casi teme a sí mismo y se desarma,
se contractura en ocurrencias,
en oportunidades, en planes.
Se presiona, se sumerge en preocupaciones supuestas
y todo se posa,
se cuelga,
se amontona en su nuca,
en sus hombros,
en su espalda.
Si al menos pudiese dejar de temerse,
como aire liviano lo rodearía todo,
se haría inmensidad y universo,
presente y pensamiento.
Me detengo a mirarlo.
Tan sólo ha perdido un poco el sueño.
Va dejarse llevar
en cualquier momento.
Mientras tanto el tiempo
lo fatiga, lo castiga,
lo despista,
para que espontáneamente vuelva a ser
con su nueva imagen.

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